
¿Como llegue a trabajar al Proyecto Atacama?
Les cuento: Estamos en el año 1981, pleno invierno.
Desde hacía un tiempo, estaba trabajando como “Compresorista”, en la “Constructora Zsabo” casi frente a la Embotelladora Andina de Coca cola, en la Avda. Pedro Aguirre Cerda ( esto es, a cargo de mantener funcionando los compresores, y llevar un registro de los tiempos disponible en operación, inyectando aire comprimido a los Rompe pavimento y Perforadoras, que los trabajadores empleaban en sus rutinas de trabajo diario, principalmente abriendo zanjas para posteriormente instalar líneas de agua potable o alcantarillado, según el caso).
Mis días de trabajo se sucedían sin mayores novedades, y a mis 26 años, era libre como un gorrión. Estábamos a mediados de otoño, mes de mayo, cuando mi tío Saturnino, un hombre muy simpático y querendón, me comunica que, en su trabajo, en la Cordillera de Domeyko, a 3100 metros de altura en pleno desierto, necesitaban un ayudante de cocinero, y él había pensado en mí, como primera opción. Desde luego, ya habíamos trabajado juntos en otras faenas mineras con el pequeño empresario minero Amable Rojas, (netamente como minero) y sabía que yo me manejaba en el ámbito de la cocina, pero nunca me había desempeñado como tal en ninguna faena, así que sería una experiencia nueva, pero muy motivante, porque el sueldo que se me ofrecía era un poco más del doble del que tenía en mi actual trabajo.

Al día siguiente de nuestra conversación, presenté la renuncia a mi trabajo en la constructora, y me dirijo a la calle El Salitre # 8250 del barrio industrial, donde funcionaba la empresa “Minera Utah Chile Ltda.”. Ahí me recibió la Srta. Susana Olmedo, con quien luego de una breve conversación respecto al trabajo mismo por el cual se me estaba contratando, días de turno, descanso y demás, firmé mi contrato, y sin más, pasé a formar parte de este proyecto. En esa instancia al primer empleado que conocí fue a Carlos Torres (sereno), y luego a los Hermanos Arias, todas buenas personas, como el Guillermo y el Patricio.
A todo esto, nunca en mi vida había estado en la cordillera, ni siquiera conocía Calama, pero eso no me desalentó, era una aventura y estaba contento de subir. Así que ese día dediqué a preparar mi maletín con mi ropa de abrigo (se me dijo que era más helado que la chucha) por lo que tenía que ir preparado para el intenso frio.
Así las cosas, todo estaba listo y solo quedaba subirse a la camioneta de la empresa, en este caso el chofer era Guillermo Arias, y partir a ese mundo tan particular de la vida en el desierto, me mostraría lo mal que me sentiría llegando a ese punto de la cordillera.
El viaje era algo que yo no me imaginaba, el camino malísimo, después de salir de la carretera a la altura de la ex oficina Rosario, solo tierra, y en ocasiones el viento y la “chuzca” prácticamente envolvían completamente a la camioneta, dando la impresión como olas en un mar bravo, pero Guillermo era un chofer con experiencia en esas condiciones, y todo estaba bajo control en sus manos. Entre conversa y conversa, llegamos al Cantón de Aguas Blancas, atravesamos la línea del ferrocarril longitudinal del norte, y Guillermo me iba contando como se llamaban las oficinas salitreras abandonadas, por ejemplo: Augusta Victoria, Castilla, Cota, Eugenia, Pepita, Yugoslavia, entre otras. Si les interesa saber un poco sobre el ferrocarril de Aguas Blancas les sugiero esta dirección https://www.amigosdeltren.cl/ferrocarril-de-aguas-blancas Por ahí paramos un rato para “despichar”, hasta que llegamos a la zona de curvas y adentrarnos en la Cordillera de Domeyko, en esta parte del camino se atraviesa en varias ocasiones la línea del ferrocarril que llega hasta Socompa, límite con Argentina. Después de un largo rato, llegamos la cima,
Y aparece ante mis ojos la Estación de Ferrocarril Záldivar, punto final del viaje y Campamento de Operaciones del Proyecto Minera Utah de Chile. A sur los cerros Colorados grande y chico, y al norte el Cerro Záldivar. Por fin(pensé), se terminó el viaje, muy cansado, pero con buen ánimo. Ahí conocí por primera vez a Francisco Ortiz, jefe de proyecto y a Nivaldo Rojas, geólogo. Después de las presentaciones y el buen recibimiento, a descansar y prepararse para la jornada de trabajo. También estaba Saturnino, que era el cocinero oficial, y algunos muestreros (ayudantes de Geólogo). Hacia algo de frio, pero soportable, y yo no me sentía muy bien, algo mareado y una sensación de ahogo. Esta sensación se fue agudizando y me dieron ganas de vomitar, salí a caminar afuera de la Estación, ya estaba oscuro, pero no tuve mejoría. Hice un esfuerzo para no mostrar malestar, y que los demás no se dieran cuenta de lo mal que me sentía, sobre todo los jefes, y así pasé mi primera noche en Escondida.

Al otro día a duras penas pude trabajar, y lo único que quería era bajar a Antofagasta, esto se lo comenté a Saturnino, y también a Guillermo, le pedí por favor que me fuera a dejar a Antofagasta, para mi peor momento me dijo que no bajaría hasta dentro de unos tres días, mi malestar era tan grande que incluso pensé en bajar caminando por la línea del tren, así lo hice notar y me dijeron que estaba loco. La verdad es que lo más probable era que estaba alucinando y mi mente no coordinaba nada bien. Obligado a quedarme en esa condición, al día siguiente me sentí un poco mejor, mejorando a través de los días, decidí que solo trabajaría un mes y ya no volvería a subir. Hasta que, llego el día de mi descanso, y me prepare para bajar a la cuidad, estaba contento, no tuve ni un problema con mi trabajo, me sentía satisfecho y pensando que no volvería a subir, claro, demás esta decir que pensaba, como cresta se me ocurrió aceptar este trabajo, en el confín del desierto y en campamento hasta con carpas y camas de fierro, bastantes incomodas, y ni les cuento como se sentía el agua al ducharse, helada como hielo la hueá. En fin, ya había pasado lo peor y le diría adiós a Escondida, que más encima con el invierno a las puertas, sería un infierno congelado.
Llego a Antofagasta, y la encontré más linda, chucha, por fin en la civilización, El Guille me deja en mi casa, yo vivía en calle Orella, en el centro de la ciudad, le doy las gracias por todo y nos despedimos, pero que lo vería seguramente en la oficina en El Salitre, donde estaba convencido que presentaría mi renuncia.
Esa noche estuve analizando por todo lo pasado, y llegué a la conclusión que en realidad me estuve aclimatando y al final me acostumbré a la altura, así que me puse como meta que trabajaría solo un mes más, porque la plata, sobre todo, bien valía el sacrificio. Seguramente, y ahora me rio, porque en esa tribulación me quede 22 años en Minera Utah, que después paso a llamarse “Minera Escondida Ltda.”
Saludos viejitos, ja ja ja.
PD: Luego les contare de donde salió el término “viejos” o “viejitos” así llamados los exploradores, que después se llamaron mineros.
Mejor les cuento altiro, es cortito. Saturnino, mi tío, yo le decía Satu, trabajamos en una mina chica, de Pirquen, en Caleta El Cobre (1980), y él se refería a los trabajadores como “Los Viejos”, porque la mayoría eran hombres de cincuenta pa’rriba, y eran jodidos, cuestión que al toque nosotros todos adoptamos el término, y así nos referíamos a nuestros colegas mineros de túnel. Al llegar a Escondida seguimos con la misma costumbre, y así quedo fijo el vocablo, que todos empezaron a usar, sobre todo el Pat Burns, que quería mucho al Satu.
Chaolin!!!



