
Por: Washington Saldías G., dibujante técnico.
Este es el comienzo de mi llegada al proyecto de exploración Escondida de la Minera Utah Inc., como dibujante técnico.
Pero, antes de contar detalles de lo que vino a partir de ese día, debo hacer un pequeño preámbulo, pues un mes antes de aquello no sabía nada de ese lugar donde estaba situada esa faena ligada a la minería.
Yo estaba trabajando en la Universidad de Chile, en el Servicio de Bienestar de esa casa universitaria desde el año 1976 y, paralelamente, desempeñaba el cargo de Corresponsal del diario capitalino La Tercera de La hora, en Pichilemu, la tierra de mi infancia. Una actividad ad honorem, donde solo se me pagaban los gastos de pasajes y fotografías publicadas, pero que, sin embargo, ayudaban a mejorar el ingreso mensual, pero ya con esposa y un hijo, siempre se hacía necesario hacer algo más ….
Un coterráneo -profesional que trabajaba afuera de mi comuna, Pichilemu, compañero de colegio en la primaria, tras contratar mis servicios para fotografiar su matrimonio, al cabo de un tiempo -en un encuentro en la calle- me preguntó si estaba trabajando en lo que había estudiado. Le dije que no, que ante la premura de encontrar un trabajo estable estaba en otro trabajo.
Me señaló que él trabajaba como Ingeniero Mecánico en una firma contratista que efectuaba obras para un importante proyecto minero al interior de Antofagasta, a donde le había tocado ir a supervisar maquinaria. Y, por la relación con directivos de Minera Utah se había enterado que necesitaban dibujantes técnicos y si me interesaba -agregó- me daba los contactos de sus oficinas centrales en Santiago.
Tras darme otros detalles, le pedí dirección y teléfono para una entrevista. Después de agradecer el dato y de darle un par de vueltas, me contacté y me citaron.
Me presenté en las oficinas en Las Condes, donde después de dar mi nombre en la recepción, me hicieron pasar a la oficina donde recuerdo perfectamente a Mr. Jim Bratt, un importante directivo que viajaba con cierta frecuencia entre USA, Santiago y Antofagasta (donde después lo vi al menos unas dos o tres veces), quien hablaba español.
Me preguntó si tenía experiencia laboral en la minería, ante lo cual le dije que no y que mi formación estaba más dirigida a la arquitectura, no así a la minería, pero que tenía mi disposición de aprender y capacitarme en ello.
Luego me preguntó cuál era mi disposición de irme a trabajar a un lugar, a 180 kilómetros de la ciudad de Antofagasta, sin todas comodidades deseables, pero mejorables en el tiempo. Y cuándo podría estar dispuesto a viajar.
Era septiembre de 1981. Y ya convencido que estaba dispuesto a dar ese paso, le dije: “Renunció a mi trabajo actual y el 30 de septiembre estaría en condiciones de viajar a Antofagasta en el momento que ustedes me digan”.
Muy bien. Daremos instrucciones para que viaje ese mismo día en avión, para que suba a primera hora del 1° de octubre. Le llamaremos para que retire su pasaje acá y demás instrucciones.
Antes de ello, obviamente, se me había informado del monto del sueldo que ganaría mensualmente, que era significativamente mayor a lo que percibía en mi trabajo. Y, considerando, que tenía familia y que en mis días de descanso residiría en Antofagasta, se me informó que la mudanza se me pagaría en el momento que decidiera hacer el traslado, una vez que tuviera fijado domicilio.
Todo conversado con la familia y previa a la renuncia al trabajo, el día 30 de septiembre viajé en un vuelo de Ladeco, llegando a la Perla del Norte en horas de la tarde. Todo coordinado, a la hora acordada llegó una camioneta a buscarme al Hotel donde me alojé esa noche.
Ya venía con un pasajero: Se trataba de José Miguel Ojeda Figueroa, a quien conocí en ese viaje hacia el interior de Antofagasta, donde se situaba el Campamento Escondida. Era geólogo, quien según dijo venía a incorporarse a ese proyecto minero y, también, era su primer día, tras estar en la Mina El Teniente.
El jefe del Proyecto Escondida era el geólogo canadiense Pat Burns.
Después de atravesar la pampa y conocer la chusca, el polvillo que era tan minúsculo como el cemento o harina y que pese a las ventanas cerradas igual se colaba levemente, llegamos antes del mediodía.
El jefe del Proyecto Escondida era el geólogo canadiense Pat Burns y nos presentamos ante él, quien nos saludó amablemente.
Tras conocer las instrucciones, me dirigí a la cabina que me asignaron, la que sería el dormitorio. Y el lugar donde estaban situados los baños y duchas, aislados de las cabinas que tenían capacidad para dos camas.
Luego de dejar mi bolso con mis cosas personales, vestuario y útiles de aseo, volví donde estaban las oficinas y lugar de trabajo y casino. Todo en el mismo recinto, a esas fechas.
El primer colega que conocí ahí fue el dibujante técnico Danilo Vera, de Mejillones. Era el único que trabajaba en terreno, en ese momento en el Campamento. Ya en la hora de colación, empezaron a llegar más empleados y obreros, a los que fuimos de a poco conociendo.
De ese primer día en terreno, a una altura no habitual, afortunadamente no recordamos ninguna molestia significativa, como dificultad para respirar, mareos u otras secuelas.
Detalles del recorrido, a grandes rasgos solo decir que nos impactó la aridez de la pampa y la pasada por ruinas de unas dos, al menos, Oficinas Salitreras, como de cementerios y basurales en torno de las ruinas. Y, cómo no, el cruce en plena pampa con coches de ferrocarril abandonados y, restos de otros en una quebrada tras descarrilar.
Posteriormente -de bajada en descanso a Antofagasta- tuvimos la ocasión de detenernos en oficinas salitreras, recoger algunos “cachureos” y fotografiar esos testimonios de esos ingenios industriales que le dieron riqueza y progreso a nuestro país, con todas las historias que hay entremedio; que ya recordaremos en otras colaboraciones.






Fotografías: WSG/Archivos Exploradores pioneros.



