Por: Jorge Cáceres (“Akito”)

Corría el año 1982. Me encontraba trabajando en el Campamento Exploraciones La Escondida, siendo uno de los pioneros en aquel lugar. Entre mis compañeros me conocían como “Akito”. Había llegado a la estación Zaldívar, que en principio servía de Campamento y Muestrera, y junto a otro colega trabajábamos en la muestrera. No imaginaba que, en aquel entonces, viviría una experiencia tan dura.
Aquel día, me asignaron asistir con el topógrafo Amable Rojas, prestando apoyo en transporte para un levantamiento en el salar de Punta Negra a unos 40 km más o menos del campamento base. Para llegar hasta allí, debíamos cruzar un extenso terreno salino. Don Amable, decidió atravesar el salar a pie con sus instrumentos. Me indicó que yo debía rodearlo en vehículo. Sin pensarlo demasiado, acepté.
Lo que no imaginé fue que, en medio del trayecto, el vehículo quedó enterrado en la arena, dejándome completamente aislado. Grité, pero la distancia era demasiado grande para que él me oyera. Sin contacto con nadie, y viendo que la luz del día se extinguía, decidí abandonar el vehículo y seguirlo a pie.
Al caminar, lo perdí de vista por completo y, sin darme cuenta, me desvié por otro camino. Sin saberlo, mientras yo intentaba avanzar, él observo con un instrumento que el vehículo estaba atorado y angustiado por mí, también decidió devolverse para buscarme. Pero nunca nos encontramos, yo estaba en una dirección y él en otra.
La temperatura comenzó a caer rápidamente. La ropa que llevaba no era adecuada para el frío extremo nocturno. En un momento, el cansancio y el frío me empujaron a pensar en enterrarme en la arena para protegerme, pero algo en mi interior, quizás el instinto de supervivencia me hizo seguir caminando.
Mientras tanto, en el campamento, al ver que ninguno de los dos regresaba. El geólogo Pat Burns (Jefe Operativo del Proyecto) encabezó una búsqueda durante la madrugada. Después de caminar kilómetros, en la madrugada me encontraron, agotado y con hipotermia.
Al enterarme de que Amable Rojas tampoco había llegado al campamento, una gran angustia me invadió. Nos dirigimos de inmediato hacia el vehículo … y allí estaba él, esperándome. Al verme, corrió hacia mí, me abrazó con fuerza y, con lágrimas en los ojos, me dijo:
—¡Estás vivo, hijo!
Nos dimos un abrazo sincero, cargado de alivio. De regreso al campamento, Pat Burns me ofreció un sorbo de whisky para entrar en calor, encendieron la calefacción y, al llegar, todos celebraron nuestra supervivencia. Aquella noche entendí lo frágil que es la vida y lo poderosa que puede ser la motivación para aferrarse a Ella.





2 respuestas
Buena “Akito”. Sin duda una experiencia dramática que pudo terminar de mala manera.
Me alegro que se estén atreviendo a contar historias y/o experiencias ocurridas en nuestra permanencia en esa fase de exploración.
Para bajar la adrenalina y un poco de humor, quizás podrías haber dicho “akitoy”.
Un saludo y abrazo a todos a quiénes estuvimos involucrados en esta gran y apasionante aventura de explorar u nuevo yacimiento de Cu y mirar el pasado con orgullo de haber tenido la fortuna de pertenecer a tan especial equipo